Entrenamiento

Asesoriamento

orientación profesional

el método

Quienes somos

Blog

Contactos

El valor de adaptarse

Este artículo completa los tres pilares para mantener la conexión, que forman parte de nuestra serie «Entender las relaciones humanas» en ReHuman Lab. Si algo de lo aquí expuesto te ha llegado al corazón, sería un honor para nosotros acompañarte en tu camino mientras cultivas el valor necesario para adaptarte.

El tercer pilar de la conexión: la vulnerabilidad y la flexibilidad, en el amor, en la crianza de los hijos y en la relación con nosotros mismos.

Hay una vieja reflexión sobre los árboles durante una tormenta.

Las rígidas, aquellas que se han vuelto duras e inflexibles, son las que se rompen. Llega el viento y, como no pueden doblarse, se rompen. Las que sobreviven son las que pueden moverse con la fuerza, inclinándose, cediendo, flexionándose y luego volviendo a su posición. Su fuerza no está en su dureza, sino en su capacidad para doblarse sin romperse.

Las relaciones humanas son muy parecidas. Tendemos a pensar que lo que hace que un vínculo sea fuerte es su solidez, su permanencia, su resistencia al cambio. Pero las relaciones que perduran, las que se mantienen vivas a lo largo de toda una vida compartida, no son las rígidas. Son las flexibles. Aquellas en las que dos personas pueden ser lo suficientemente sensibles como para sentirse genuinamente conmovidas la una por la otra, y lo suficientemente flexibles como para capear las tormentas a las que, inevitablemente, se enfrentará cualquier relación duradera.

Este es el tercer y último pilar para mantener la conexión, y tiene dos facetas que funcionan conjuntamente: la vulnerabilidad, el valor de mostrarse sensible, de dejarse ver, de dejarse conmover de verdad; y la flexibilidad, la capacidad de ceder, adaptarse, repararse y crecer en lugar de romperse bajo presión. El primer pilar nos enseñó a expresar nuestra verdad. El segundo, a aceptar la de los demás. Este tercer pilar es el que permite que una relación no solo se mantenga unida, sino que supere sus propias dificultades y salga de ellas más fuerte que antes.

Por qué la vulnerabilidad es una fortaleza, y no una debilidad

Hemos heredado una profunda confusión en torno a la vulnerabilidad. La propia palabra, en su uso cotidiano, conlleva connotaciones de debilidad, exposición y peligro. Ser vulnerable suena a estar en peligro, desprotegido, en una situación en la que se puede sufrir daño. Y por eso muchos de nosotros hemos pasado la vida construyéndonos una protección precisamente contra esto, blindándonos, mostrando fortaleza y ocultando nuestras verdades más íntimas.

Pero aquí está la paradoja que subyace en el corazón de la conexión humana: precisamente aquello contra lo que nos blindamos es lo que la conexión requiere. Para estar genuinamente cerca de otra persona, debemos dejar que nos vea. No el yo que representamos, ni la fachada de competencia, sino el interior real, incluidas las partes que son inseguras, necesitadas, asustadas e imperfectas. Sin esto, no hay intimidad. No podemos ser conocidos en profundidad mientras ocultamos quiénes somos. La coraza que nos protege de ser heridos es la misma que impide que otros nos alcancen.

Por eso la vulnerabilidad no es una debilidad, sino un tipo concreto de valentía, quizá el más exigente. Se necesita mucha más fuerza para dejarse ver que para esconderse. Se necesita mucha más valentía para decir «estoy sufriendo», «me he equivocado» o «te necesito» que para defenderse, eludir el tema o encerrarse en sí mismo. El manifiesto de esta obra lo expresa sin rodeos: el valor es más regenerador que el miedo, y la verdad, aunque resulte incómoda, es más vivificante que la ilusión. La vulnerabilidad es la práctica de elegir ese valor, una y otra vez, en los momentos en los que todo en nuestro interior nos empuja a protegernos.

Y la flexibilidad es su compañera. Porque, para mantener la conexión a lo largo del tiempo, debemos permitir que tanto nosotros mismos como nuestras relaciones cambien. La disposición a ceder, a transigir, a adaptarse a medida que la vida y las personas cambian, es lo que permite que un vínculo se mantenga vivo en lugar de endurecerse hasta convertirse en algo rígido y, con el tiempo, frágil. Juntas, la vulnerabilidad y la flexibilidad son las que permiten que las relaciones no solo sobrevivan a las dificultades, sino que crezcan a través de ellas.

En las relaciones íntimas y románticas

En ningún otro ámbito se pone más a prueba este pilar que en nuestras relaciones de pareja, ya que son las relaciones en las que estamos más expuestos y en las que la tentación de ponernos una coraza es mayor.

Pensemos en lo que ocurre cuando surge un conflicto entre parejas. En el momento en que nos sentimos heridos o amenazados, surge nuestro yo protector. Nos endurecemos. Nos defendemos. Atacamos o nos refugiamos tras un muro de fría distancia. Ambas son formas de lo mismo: una negativa a permanecer vulnerables y expuestos en un momento que nos parece peligroso. Y aunque esta protección nos hace sentir fuertes, es precisamente lo que aleja a las parejas, porque, tras la coraza, el yo auténtico —ese que está herido y anhela la reconciliación— se vuelve inaccesible.

El trabajo de Sue Johnson, quien desarrolló la Terapia Centrada en las Emociones tras décadas de investigación sobre parejas, demuestra que las parejas que logran reconciliarse y mantenerse unidas son aquellas que son capaces de ir más allá de sus reacciones defensivas para llegar a la verdad vulnerable que se esconde tras ellas. Detrás de una acusación airada suele haber una pregunta llena de miedo: ¿le importo? ¿Está ahí para mí? Cuando una de las partes es capaz de arriesgarse a ablandar su postura lo suficiente como para expresar esa vulnerabilidad subyacente —«En realidad no estoy enfadado, tengo miedo de perderte»—, llega a la otra persona de una forma que la actitud defensiva nunca podría. La vulnerabilidad, mostrada en pleno conflicto, es lo que rompe el ciclo y abre la puerta a la reconciliación.

Y la reconciliación lo es todo. Porque dos personas que comparten una vida inevitablemente se harán daño y se decepcionarán mutuamente; esto no es un defecto de la relación, sino una característica inevitable de la cercanía entre dos seres humanos distintos. Lo que determina si el vínculo sobrevive no es la ausencia de rupturas, sino la capacidad de reconciliación, la voluntad de volver tras un conflicto, de reconocer la propia parte de culpa y de tender la mano para acortar la distancia. La reconciliación requiere, por un lado, vulnerabilidad —el valor de decir «me he equivocado» o «me duele»— y, por otro, flexibilidad: la disposición a ceder, a transigir, a dejar que la relación se remodele en función de lo que vais aprendiendo el uno del otro.

Es aquí también donde la flexibilidad a largo plazo cobra mayor importancia. La relación que funcionó para dos personas al principio no será la misma décadas más tarde. Las personas cambian. Las circunstancias varían. Las parejas que prosperan no son aquellas que exigen que la relación se mantenga congelada, sino las que tienen la flexibilidad suficiente para dejarla evolucionar, para hacer el duelo por lo que fue y seguir sintiendo curiosidad por lo que se está haciendo posible. La rigidez asfixia poco a poco una relación de pareja. La flexibilidad le permite seguir respirando, seguir creciendo, seguir cobrando vida de nuevas formas a lo largo de toda una vida.

En la crianza de los hijos

Este pilar transforma la crianza de los hijos de forma igual de profunda, y de maneras que van directamente en contra de cómo nos criaron a la mayoría de nosotros.

Muchos de nosotros heredamos un modelo de autoridad parental basado en no mostrar nunca vulnerabilidad. Se suponía que el padre o la madre era quien tenía todo bajo control, quien no cometía errores y quien, desde luego, nunca se disculpaba ante un hijo. Se consideraba que admitir un error, mostrar incertidumbre o ser visto como imperfecto socavaba la autoridad. Así, generaciones de padres se blindaron ante sus hijos, proyectando una infalibilidad que no solo no era cierta, sino que, al final, tampoco resultaba útil.

Lo que muestran los estudios sobre el desarrollo infantil es justo lo contrario. Los niños no necesitan padres infalibles; necesitan padres capaces de recompensar. El trabajo de Edward Tronick, cuya investigación reveló hasta qué punto incluso la interacción sana entre padres e hijos implica desajustes y recuperación, demuestra que es precisamente el ciclo de ruptura y reconciliación, y no la fantasía imposible de una sintonía perfecta y constante, lo que forja la seguridad y la resiliencia del niño. El padre o la madre que pierde los estribos y luego vuelve, mostrándose vulnerable, para decir «Estaba frustrado y te hablé de una forma de la que no me enorgullezco, lo siento», no está socavando su autoridad. Le está enseñando a su hijo algo de un valor incalculable: que el amor sobrevive a la imperfección, que los errores se pueden reparar y que ser humano, con toda su falibilidad, es seguro.

Es aquí donde la vulnerabilidad de los padres se convierte en uno de los regalos más poderosos que podemos ofrecer. Cuando dejamos que nuestros hijos nos vean como seres humanos reales, con sentimientos, que a veces se equivocan, pero que asumen la responsabilidad y corrigen sus errores, les transmitimos precisamente la capacidad que necesitarán para todas las relaciones de su vida. Les mostramos que es seguro ser humano, equivocarse, reconocerlo y volver a conectar.

Y la flexibilidad en la crianza es igualmente esencial, porque un niño no es un ser estático. La crianza que necesita un niño de tres años no es la misma que necesita uno de trece. El padre o la madre que no sabe adaptarse, que se aferra rígidamente al control a medida que el niño avanza hacia la autonomía, provoca precisamente esa ruptura que la flexibilidad podría evitar. Criar bien a lo largo del tiempo consiste en adaptarse continuamente, en ir ajustando nuestro enfoque a medida que nuestros hijos se convierten en quienes están llegando a ser, en mantener la relación con la flexibilidad suficiente para que pueda sobrevivir a su crecimiento y a su inevitable necesidad de separarse y individualizarse. El padre o la madre rígido rompe el vínculo al negarse a dejar que cambie. El padre o la madre flexible lo mantiene vivo al permitir que evolucione.

En la relación con uno mismo

Y, por último, este pilar se refiere a la relación más fundamental de todas: la que tenemos con nosotros mismos.

Muchos de nosotros somos rígidos e implacables en nuestra relación con nosotros mismos, de una forma en la que nunca lo seríamos con alguien a quien queremos. Nos blindamos contra nuestra propia vulnerabilidad, negándonos a reconocer nuestro dolor, nuestras necesidades y nuestros límites, y considerando cualquier muestra de sensibilidad como una debilidad que hay que superar. Y somos inflexibles con nosotros mismos, nos aferramos a normas estrictas, nos negamos a adaptarnos y nos castigamos por cada vez que no logramos alcanzar un ideal imposible. No nos concedemos ni la vulnerabilidad que supone el reconocimiento honesto de nosotros mismos ni la flexibilidad que ofrece la autocompasión.

La investigadora Kristin Neff, cuyo trabajo ha establecido la autocompasión como una capacidad psicológica medible y poderosa, ha demostrado que la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos en momentos de dificultad influye profundamente en nuestro bienestar y nuestra resiliencia. La autocompasión, según su marco teórico, consiste en tratarnos con la misma amabilidad con la que trataríamos a un buen amigo, reconociendo que la imperfección y las dificultades forman parte de nuestra humanidad compartida, en lugar de ser una prueba de fracaso personal, y afrontando nuestro propio dolor con una conciencia amable, en lugar de con un juicio severo. Su investigación demuestra, aunque pueda parecer contradictorio, que la autocompasión no es autoindulgencia ni merma la motivación; al contrario, refuerza la resiliencia, favorece el crecimiento y proporciona una base mucho más estable para el cambio de lo que la autocrítica jamás podría ofrecer.

Ser vulnerables con nosotros mismos significa permitirnos reconocer lo que realmente sentimos y necesitamos, en lugar de blindarnos frente a nuestra propia vida interior. Ser flexibles con nosotros mismos significa mantener nuestros estándares y nuestra autoimagen con la suficiente flexibilidad como para poder fracasar, adaptarnos y crecer, en lugar de derrumbarse bajo el peso de nuestra propia dureza. Esta vulnerabilidad y flexibilidad internas son la base de todo lo demás, porque, como hemos visto a lo largo de este trabajo, no podemos ofrecer a los demás una calidad de relación que nunca nos hayamos ofrecido a nosotros mismos. La persona que es capaz de mostrarse tierna y flexible con sus propias imperfecciones es mucho más capaz de ser tierna y flexible con las imperfecciones de sus seres queridos.

Por qué esto es el pilar del crecimiento

Si la comunicación es el puente y la empatía es la capacidad de recibir, la vulnerabilidad y la flexibilidad son lo que permite que una relación crezca. Porque el crecimiento, por su propia naturaleza, requiere un cambio, y el cambio requiere la voluntad de dejarse influir, de adaptarse, de permitir que tanto nosotros mismos como nuestras relaciones se conviertan en algo nuevo.

Una relación sin vulnerabilidad se queda en lo superficial, porque las profundidades están blindadas contra ella. Una relación sin flexibilidad permanece paralizada, porque no puede adaptarse a los cambios inevitables que trae consigo el tiempo. Pero una relación en la que dos personas pueden mostrarse genuinamente tiernas la una con la otra, y lo suficientemente flexibles como para adaptarse ante las dificultades y recomponerse tras una ruptura, es una relación que no solo puede sobrevivir, sino también profundizarse a lo largo de toda una vida. Las tormentas llegan, como siempre lo hacen. Y, en lugar de romperse, una relación así se adapta, resiste y se fortalece en aquellos aspectos en los que ha aprendido a adaptarse.

Este es el tercer pilar, y completa los cimientos. La comunicación, la empatía y el valor para mostrarse vulnerable y flexible: juntos, constituyen el arte de mantener la conexión a lo largo del tiempo. Y los tres, como hemos visto, pueden aprenderse, profundizarse y recuperarse en cualquier momento de la vida.

Esto es lo esencial de lo que hacemos en ReHuman Lab: no limitarnos a enseñar técnicas a las personas, sino ayudarlas a desarrollar, desde dentro hacia fuera, las capacidades que permiten que las conexiones auténticas florezcan y perduren. Porque uno no se cura solo. Uno se cura a través de las relaciones. Y las relaciones, al igual que los árboles que sobreviven a la tormenta, se mantienen vivas gracias a su valentía para doblegarse.

Una reflexión para llevar siempre contigo

Piensa en un momento en el que te hayas protegido, ya sea en una relación, con un niño o frente a tu propia vida interior.

¿Qué estabas protegiendo? ¿Y qué habría sido posible si, en lugar de endurecerte, te hubieras permitido ablandarte, dejar que se viera que te doblegabas?

La vulnerabilidad no es debilidad. Es el valor que requiere la conexión. Y la flexibilidad no es inestabilidad. Es la elasticidad que permite que el amor sobreviva a todo lo que el tiempo le exija.

La capacidad de adaptarse en lugar de romperse puede ser la verdadera fortaleza que puede tener una relación. Y depende de ti cultivarla en cada vínculo que te importe.

Este artículo completa los tres pilares para mantener la conexión, que forman parte de nuestra serie «Entender las relaciones humanas» en ReHuman Lab. Si algo de lo aquí expuesto te ha llegado al corazón, sería un honor para nosotros acompañarte en tu camino mientras cultivas el valor necesario para adaptarte.

 

Índice