Qué es realmente una relación y por qué la intimidad es el hilo conductor que la mantiene unida.
Utilizamos esa palabra constantemente, pero rara vez nos paramos a preguntarnos qué significa.
Las relaciones. Las tenemos con nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos y nuestros compañeros de trabajo. Decimos que una relación va bien o va mal, que es nueva o consolidada, cercana o distante. Hablamos de construirlas, perderlas, trabajar en ellas, ponerles fin. La palabra está tan entretejida en la forma en que describimos nuestras vidas que se ha vuelto casi invisible, como un mueble que ya no vemos.
Pero tras esa familiaridad se esconde una de las preguntas más trascendentales que un ser humano puede plantearse. Porque la calidad de nuestras relaciones, como veremos, determina la calidad de nuestras vidas con más fuerza que casi cualquier otra cosa. Y si queremos darles sentido, cuidarlas y comprender por qué prosperan o se resquebra, debemos empezar por entender qué es una relación.
Hay una definición que me encanta, por su sencillez y su profundidad. Una relación es la capacidad de mantener el vínculo a lo largo del tiempo.
Reflexionemos un momento sobre esto, porque cada palabra que contiene tiene su importancia.
La capacidad
Una relación es, ante todo, una habilidad. No es una posesión, ni un estatus, ni algo fijo que o bien se tiene o bien no se tiene. Una habilidad. Una capacidad. Algo que se practica, se desarrolla y se ejercita; de lo contrario, se deja que se atrofie.
Este cambio de perspectiva es de vital importancia, porque tendemos a hablar de las relaciones como si fueran objetos. «Tenemos» una relación del mismo modo que tenemos un coche o una casa. Y este lenguaje nos induce a error de forma sutil. Da a entender que, una vez adquirida, una relación simplemente existe, persistiendo por sí sola a menos que algo dramático la destruya. Pero las relaciones no funcionan así. Una relación no es algo que se posea. Es algo que se construye continuamente. Es una actividad constante, una práctica viva, que se mantiene momento a momento a través de la forma en que dos personas se apoyan mutuamente o no lo hacen.
Por eso las relaciones a las que no se les dedica atención no se mantienen estables. No se quedan simplemente como estaban. Se alejan, se debilitan, pierden poco a poco su vitalidad, no suele ser a través de una ruptura dramática, sino mediante la silenciosa acumulación de momentos en los que no se ejerció esa capacidad. La conexión a la que no se llegó. La presencia que no se ha ofrecido. La reconciliación que no se ha llevado a cabo. Una relación es una habilidad y, como cualquier habilidad, crece con la práctica y se desvanece con el descuido.
Conexión
En el núcleo de la definición se encuentra la conexión, y es aquí donde la ciencia nos aporta una visión realmente esclarecedora sobre para qué estamos hechos.
Los seres humanos, en el nivel biológico más profundo, estamos programados para conectar. No se trata de un simple sentimiento, sino de uno de los hallazgos más sólidos de la neurociencia, la psicología y la medicina. Nuestros sistemas nerviosos están diseñados para regularse no de forma aislada, sino en relación con los demás. Los estudios sobre lo que los neurocientíficos denominan «corregulación» demuestran que, literalmente, calmamos y estabilizamos los estados fisiológicos de los demás a través de la conexión: una presencia tranquilizadora reduce nuestra frecuencia cardíaca, una mirada cálida calma nuestro sistema nervioso, y la sensación de estar a salvo junto a otra persona nos aleja de la sensación de amenaza y nos lleva a un estado de tranquilidad. Estamos, en palabras de investigadores como Stephen Porges, diseñados para utilizarnos unos a otros como fuentes de seguridad.
Esta conexión no es opcional ni secundaria. El estudio sobre la felicidad humana más longevo jamás realizado, el Estudio de Harvard sobre el Desarrollo de los Adultos, ha seguido a sus participantes durante más de ochenta años, analizando qué factores determinan una vida plena. Su conclusión principal, reiterada y perfeccionada a lo largo de décadas, destaca por su sencillez: la calidad de nuestras relaciones es el principal factor que determina nuestra salud, nuestra felicidad e incluso nuestra longevidad. Ni la riqueza, ni los logros, ni la fama. La calidez y la profundidad de nuestros vínculos. Las personas que disfrutan de buenas relaciones viven más tiempo, gozan de mejor salud y declaran un bienestar mucho mayor que aquellas que están aisladas, independientemente de sus demás circunstancias.
La conexión, por tanto, no es un lujo que añadimos a nuestra vida una vez que ya nos hemos ocupado de las cosas importantes. Es una de esas cosas importantes. Quizá la más importante. Somos seres que buscamos la conexión y dependemos de ella, y nuestra capacidad para establecer y mantener una conexión genuina está entretejida en la propia estructura de nuestra biología. Cuando esa conexión está presente, prosperamos. Cuando está ausente, algo en nuestro interior, de forma cuantificable, empieza a sufrir.
Con el tiempo
Y, por último, el elemento definitivo y crucial: con el paso del tiempo.
Esto es lo que distingue una relación de un momento de conexión. Podemos sentirnos conectados con un desconocido en una sola conversación, conmovidos por un encuentro inesperado, conmovidos por un momento fugaz de encuentro auténtico. Estos momentos son reales y valiosos. Pero una relación es algo más. Es la capacidad de mantener la conexión a lo largo del tiempo, a través de los cambios, de las dificultades, de las inevitables rupturas y decepciones y de los pequeños desgastes cotidianos que trae consigo el paso del tiempo.
Es aquí donde las relaciones realmente se forjan o se pierden, porque el tiempo es implacable. El tiempo trae consigo cambios, tanto en nosotros como en la otra persona. El tiempo trae consigo conflictos, malentendidos y la acumulación de pequeñas heridas. El tiempo hace que la novedad pierda brillo, trae la presión de las exigencias de la vida y las mil fuerzas que separan a dos personas. Mantener la conexión a lo largo del tiempo no es, por lo tanto, un estado pasivo, sino un logro activo y continuo. Requiere la capacidad de capear las dificultades sin desconectarse de forma permanente, de recomponer la relación tras una ruptura, de permitir que la relación cambie en lugar de exigir que permanezca inmutable, y de seguir optando por la conexión una y otra vez a pesar de todas las circunstancias que lo dificultan.
Las relaciones que perduran y se mantienen vivas no son aquellas que nunca se enfrentan a dificultades. Son aquellas en las que dos personas conservan la capacidad de recuperar la conexión después de haberla perdido. Por eso, tal y como han demostrado investigadores especializados en relaciones como John Gottman a lo largo de décadas de estudio, el factor que predice la supervivencia de una relación no es la ausencia de conflictos, sino la capacidad de recomponerla. La capacidad de mantener la conexión a lo largo del tiempo es, en gran parte, la capacidad de volver a encontrar el camino el uno hacia el otro, una y otra vez, a pesar de todos los momentos que os separan.
Donde entra la intimidad
Entonces, si una relación es la capacidad de mantener el vínculo a lo largo del tiempo, ¿qué es la intimidad? ¿Y por qué es tan importante?
La intimidad es la dimensión profunda de la conexión. Si la conexión es el hilo, la intimidad es la profundidad a la que llega ese hilo. Es la diferencia entre saber cosas de alguien y conocerlo de verdad. Entre estar cerca y estar en contacto. Entre la superficie de una relación y su núcleo vivo.
La propia palabra apunta a su significado. «Intimidad» deriva del latín «intimus», que significa «más íntimo». Tener intimidad con alguien es tener acceso a lo más profundo de su ser y permitirle a esa persona acceder al tuyo. Es la experiencia de que otra persona te conozca de verdad, en lo más profundo de tu ser, y de conocerla a ella de verdad a cambio. No la imagen que proyectamos, ni el papel que desempeñamos, ni la apariencia superficial, sino la vida interior real que se esconde tras todo eso.
Por eso la intimidad es el hilo que mantiene unida una relación a lo largo del tiempo. Porque una conexión que se queda solo en lo superficial no puede sobrevivir a las exigencias que el tiempo le impone. Dos personas que solo conocen la superficie del otro, que nunca se han permitido acceder a lo más íntimo de sí mismas, no tienen nada lo suficientemente profundo como para mantenerlas unidas ante las dificultades. Es la intimidad, la experiencia sentida de ser verdaderamente conocido y de conocer verdaderamente, lo que da a una relación la profundidad y la resistencia necesarias para perdurar. La intimidad es lo que transforma la conexión de algo frágil y superficial en algo lo suficientemente profundo como para resistir el paso del tiempo.
Y la intimidad no se limita a las relaciones románticas, aunque a menudo la reduzcamos a eso. Existe intimidad entre amigos íntimos, entre padres e hijos, entre personas que se conocen desde hace décadas y entre personas que acaban de conocerse y han reconocido algo auténtico la una en la otra. Allí donde dos personas se permiten mutuamente acceder de forma genuina a sus mundos interiores, la intimidad está presente. Es una de las experiencias más enriquecedoras a las que pueden acceder los seres humanos, y una de las cosas que más anhelamos en lo más profundo de nuestro ser: que nos conozcan de verdad y que, en ese conocimiento, encontremos aceptación en lugar de rechazo.
Por qué es importante para el trabajo que nos espera
Todo lo que viene a continuación en esta categoría —todas nuestras reflexiones sobre la intimidad y las relaciones, sobre la crianza de los hijos y la creación de un hogar, sobre el ser y el yo— se asienta sobre esta base. Porque estos tres ámbitos no están separados. En última instancia, todos tratan sobre lo mismo: la capacidad humana para conectar y las condiciones en las que esta florece o fracasa.
Nuestras relaciones íntimas son la expresión más directa de nuestra capacidad para mantener una conexión duradera con otro adulto. Nuestra labor como padres consiste en proporcionar conexión a un ser humano en desarrollo cuyo futuro entero viene determinado por la calidad de las relaciones en las que crece. Y nuestra relación con nosotros mismos, nuestra capacidad de ser, de saber quiénes somos más allá de nuestros roles, resulta ser la base de todo ello, porque no podemos ofrecer una conexión genuina a los demás partiendo de un yo con el que hemos perdido el contacto. No se puede tener intimidad con otra persona si uno es un extraño para sí mismo.
Por eso, en ReHuman Lab, las relaciones ocupan un lugar central en todo lo que hacemos. No como un tema más entre muchos, sino como la base sobre la que se construye una vida humana plena. Creemos, tal y como confirma constantemente nuestro trabajo, que no se sana en aislamiento, sino a través de las relaciones. Y creemos que el mundo en sí mismo mejora a medida que mejora la calidad de las conexiones humanas, relación a relación.
La capacidad de mantener la conexión a lo largo del tiempo. Suena sencillo. Es una de las capacidades más exigentes y gratificantes que un ser humano puede desarrollar. Y se puede desarrollar, profundizar y recuperar en cualquier momento de la vida.
Una reflexión para llevar siempre contigo
Piensa en una relación que sea importante para ti. No para juzgarla, sino para analizarla desde esta perspectiva.
¿Dónde sigue viva la conexión y dónde se ha ido debilitando con el paso del tiempo? ¿Dónde hay una intimidad auténtica, esa sensación de que te conocen, y dónde la relación se ha quedado en lo superficial? ¿Y qué significaría poner en práctica esa capacidad, buscar activamente la conexión, ofrecer lo más íntimo de uno mismo y reparar lo que el tiempo ha desgastado?
Estas preguntas son el punto de partida de este trabajo. Y es un trabajo que merece la pena realizar, porque, al fin y al cabo, la calidad de nuestras relaciones puede ser la medida más auténtica de una vida bien vivida.
Este es el artículo inaugural de nuestra serie «Entender las relaciones humanas» en ReHuman Lab, la base de nuestro trabajo en torno a la intimidad, la crianza de los hijos y el ser. Si algo de lo aquí expuesto te ha llamado la atención, te invitamos a seguir explorando el tema y a ponerte en contacto con nosotros cuando estés preparado.

