El segundo pilar de la conexión: la empatía corporal y el raro arte de acoger de verdad a otra persona.
La mayoría de las veces, cuando creemos que estamos escuchando, en realidad estamos haciendo algo totalmente distinto.
Estamos esperando. Redactando nuestra respuesta. Asintiendo o discrepando mentalmente. Comparando lo que dice la otra persona con nuestra propia experiencia. Formándonos una opinión, elaborando consejos, decidiendo si tiene razón. Nuestra atención está en la habitación, pero está volcada hacia dentro, ocupada con nuestro propio monólogo interior en lugar de estar genuinamente abierta a la persona que tenemos delante. Y esa persona, en cierto modo, lo nota. Intuye que la estamos analizando en lugar de escucharla.
Esto no es un fallo personal. Es la condición natural de la atención humana, y es la razón por la que la escucha auténtica, esa que crea conexión, es tan poco frecuente y tan transformadora. El primer pilar para mantener la conexión fue aprender a expresar nuestra verdad. El segundo es aprender a acoger la verdad de otra persona, plenamente, con todo nuestro ser. Y resulta que esto es mucho más difícil, y mucho menos habitual, de lo que solemos creer.
Los cuatro niveles de comprensión auditiva
Es útil comprender que escuchar no es algo único. Se da en distintos niveles, y la mayoría de nosotros pasamos la mayor parte de nuestras interacciones en los dos niveles más superficiales, sin llegar casi nunca a las profundidades donde reside la conexión auténtica. Una forma útil de esquematizar esto, inspirada en parte en el trabajo de Otto Scharmer en el MIT y en su marco de referencia sobre los niveles de escucha, distingue cuatro formas cada vez más profundas de prestar atención a otra persona.
El primer nivel es la «descarga». En este caso, en realidad no estamos escuchando en absoluto a la otra persona. Solo escuchamos para confirmar lo que ya pensamos. La otra persona habla y nosotros lo oímos a través del filtro de nuestras suposiciones previas, seleccionando lo que encaja con nuestra opinión preformulada e ignorando el resto. Asentimos con la cabeza, pero no nos llega nada nuevo. En realidad, lo que hacemos es reafirmar nuestras propias opiniones mientras la otra persona nos habla. Se trata de una escucha a medias; de una conversación en la que ya sabemos de antemano lo que pensamos.
El segundo nivel es la escucha objetiva. En este caso sí prestamos atención a la información, pero lo hacemos de forma analítica, desde fuera. Nos fijamos en lo que es nuevo o en lo que contradice nuestras expectativas, y lo evaluamos. Esta es la escucha del analista, del que resuelve problemas, de quien valora si el otro tiene razón. Resulta realmente útil en muchos contextos, y es donde tiene lugar gran parte del intercambio profesional e intelectual competente. Pero sigue girando fundamentalmente en torno a los datos y al juicio. Procesamos el contenido de lo que se dice, lo clasificamos, lo sopesamos y preparamos nuestra respuesta. La persona sigue siendo, en un sentido importante, un objeto de nuestro análisis más que una presencia con la que compartimos el momento.
Esta es la cruda realidad: las investigaciones y las observaciones sugieren que dedicamos algo así como el noventa por ciento de nuestras interacciones a estos dos primeros niveles. Estamos asimilando e analizando, escuchando a través de nuestros propios filtros, reaccionando a nuestras interpretaciones, evaluando, comparando, preparándonos. En nuestra mente, estamos ocupados con nuestra reacción ante la otra persona, en lugar de estar genuinamente presentes con ella. Y precisamente por eso tantos de nosotros nos sentimos crónicamente ignorados, incluso por personas que nos quieren y creen que nos están escuchando. Están escuchando en los niveles uno y dos, a las palabras, a través de sus filtros, mientras que el yo más profundo que está hablando queda desatendido.
El tercer nivel es la escucha empática. Aquí es donde se produce un cambio fundamental. En este nivel, dejamos de escuchar desde nuestra propia perspectiva y empezamos a escuchar desde la de la otra persona. Hacemos un esfuerzo genuino por ver el mundo a través de sus ojos, por sentir lo que ella siente desde dentro, en lugar de evaluarlo desde fuera. Nuestra atención se aleja de nuestro propio monólogo interior y entra en resonancia con su experiencia. Ya no nos preguntamos «¿qué pienso yo de lo que está diciendo?», sino «¿cómo se siente esa persona en este momento?». Esta es la forma de escuchar que hace que una persona se sienta verdaderamente comprendida, porque, por una vez, no está siendo analizada ni juzgada, sino acompañada. Esto nos exige dejar de lado, temporalmente, nuestros propios puntos de vista y reacciones, y ese dejar de lado es precisamente lo que crea la experiencia de sentirse acogido.
El cuarto nivel, que Scharmer denomina «escucha generativa», es aún más infrecuente y difícil de describir. Se trata de una cualidad de presencia profunda y abierta en la que puede surgir algo nuevo entre dos personas, una escucha tan amplia y tan libre de preconcepciones que permite a ambas personas acceder a una visión y a posibilidades que ninguna de las dos tenía al inicio de la conversación. Es la escucha de las conversaciones más profundas de nuestras vidas, aquellas de las que salimos transformados. Es la conexión en su forma más profunda, un encuentro en el que se crea algo en el espacio entre ambos.
El recorrido de este pilar es el camino que va desde los dos primeros niveles —donde la mayoría de nosotros vivimos la mayor parte del tiempo— hacia el tercero y el cuarto, donde se produce la conexión auténtica.
Por qué nos quedamos estancados en las aguas poco profundas
Si la escucha empática es lo que todos anhelamos recibir, ¿por qué la ofrecemos tan pocas veces?
Parte de la respuesta radica, sencillamente, en la atención. Escuchar de verdad nos exige acallar nuestro propio ruido interior, y la mente moderna rara vez está en silencio. Estamos sobreestimulados, fragmentados, tironeados en muchas direcciones; nuestra atención, condicionada por un mundo de interrupciones constantes, nunca se centra plenamente en nada. Escuchar en profundidad requiere una quietud contra la que nuestras circunstancias se oponen activamente.
Pero la respuesta más profunda tiene que ver con el sistema nervioso, y en este sentido la ciencia resulta verdaderamente esclarecedora. Para escuchar a nivel empático, debemos estar regulados. Debemos estar lo suficientemente tranquilos internamente como para no encontrarnos en un estado sutil de defensa. Y la mayor parte del tiempo, en conversaciones que tocan temas importantes, no estamos tranquilos. El neurocientífico Stephen Porges, en su trabajo sobre la Teoría Polivagal, describe cómo el sistema nervioso humano está continuamente escaneando, por debajo de la conciencia, en busca de señales de seguridad o amenaza en las personas que nos rodean, un proceso que él denomina neurocepción. Cuando nuestro sistema percibe incluso una amenaza sutil —un tono crítico, un tema delicado, un desacuerdo—, nos lleva a un estado de defensa, y en ese estado, la escucha empática genuina se vuelve neurológicamente difícil. Nos ponemos a la defensiva, y esa actitud dirige nuestra atención hacia dentro, hacia defendernos a nosotros mismos, en lugar de hacia fuera, hacia acoger al otro.
Por eso gran parte de nuestra capacidad de escuchar se desmorona precisamente cuando más importa. En los momentos de conflicto o de intensidad emocional, cuando la otra persona más necesita que se le escuche en profundidad, es muy probable que nuestro propio sistema nervioso se active, arrastrándonos hacia la escucha reactiva y defensiva de los niveles uno y dos. Percibimos un ataque y nos defendemos. Oímos una necesidad y nos sentimos culpabilizados. Estamos demasiado ocupados gestionando nuestro propio estado de activación como para recibir genuinamente al otro.
La empatía reside en el cuerpo
Esto nos lleva a explicar por qué este pilar se centra en la empatía vivida, y no simplemente en la escucha como una habilidad mental.
La empatía auténtica no es, ante todo, un acto cognitivo, sino fisiológico. Cuando estamos verdaderamente en sintonía con otra persona, nuestros sistemas nerviosos comienzan a resonar entre sí, un proceso que los investigadores en neurobiología interpersonal —entre ellos Daniel Siegel— describen como la base de cómo los seres humanos se conectan y se autorregulan mutuamente. Sentimos los estados de los demás en nuestro propio cuerpo. Nos afecta físicamente la presencia de otra persona, su tono de voz, su tensión o su tranquilidad. Por eso, un oyente que está verdaderamente en sintonía puede tranquilizar a una persona angustiada sin decir una sola palabra, simplemente a través de la calidad regulada y presente de su propia atención encarnada. Y es por eso que un oyente distraído o a la defensiva, por muy acertadas que sean sus palabras, hace que quien habla se sienta sutilmente solo.
El cuerpo es el instrumento de la empatía. La calidez de una atención sincera, la suavidad del rostro, la calidad del contacto visual, la firmeza de una presencia serena, el contacto humano que transmite seguridad de forma más directa que cualquier frase: estos son los verdaderos canales a través de los cuales una persona se siente acogida por otra. Interpretamos continuamente los cuerpos de los demás, más allá de las palabras, y es a través de esta interpretación corporal como sabemos, con una certeza que trasciende la mente racional, si realmente nos estamos entendiendo.
Por eso también la escucha empática auténtica requiere que, en primer lugar, estemos centrados en nuestro propio cuerpo. No podemos ofrecer una presencia regulada y segura a otra persona mientras estemos agitados internamente. La capacidad de escuchar en profundidad se basa en la capacidad de permanecer centrados en nosotros mismos, presentes en lugar de reactivos, abiertos en lugar de a la defensiva. Por eso, el trabajo de autorregulación —el de ser capaces de mantener la calma y estar presentes en nuestro propio sistema nervioso— no es algo separado del trabajo de escuchar. Es su base misma. Solo podemos acoger a otra persona en la medida en que estemos lo suficientemente centrados en nosotros mismos como para hacerle un hueco.
La escucha como fuente de seguridad
Cuando conseguimos escuchar a un nivel más profundo, ocurre algo extraordinario para la persona a la que se escucha. Se siente segura. Y la seguridad, como hemos visto a lo largo de este trabajo, es la condición previa para cualquier conexión auténtica.
Que nos escuchen de verdad es una de las experiencias más estabilizadoras que puede vivir un ser humano. Cuando alguien nos recibe con una presencia plena, empática y auténtica, cuando es evidente que no nos está juzgando, ni analizando, ni esperando para responder, sino que está genuinamente con nosotros, nuestro propio sistema nervioso se tranquiliza. Sentimos, a menudo por primera vez en mucho tiempo, que no estamos solos en nuestra experiencia. El psicólogo Carl Rogers, cuya obra ha marcado de forma fundamental nuestra comprensión de la presencia terapéutica, identificó este tipo de escucha profunda y sin juicios —que él asociaba con la aceptación positiva incondicional— como una de las condiciones esenciales para que los seres humanos crezcan y sanen. Rogers comprendió que ser acogido sin juicios no es una cortesía pasiva, sino una fuerza activa, que permite a una persona relajar sus defensas, acceder a lo más profundo de sí misma y ser más plenamente ella misma.
Este es el regalo que nos ofrece la escucha empática: no consejos, ni soluciones, ni acuerdo, sino la profunda experiencia humana de sentirse auténticamente acogido. Y es un regalo que nos cuesta algo real: dejar de lado temporalmente nuestros propios comentarios, nuestra propia necesidad de responder, nuestro propio impulso de arreglar o evaluar, para dejar un espacio genuino a la otra persona. Ese dejar de lado es, en cierto sentido, un acto de amor.
Una reflexión para llevar siempre contigo
En tu próxima conversación profunda, haz un pequeño experimento. Fíjate en dónde está tu atención.
¿Estás buscando una confirmación de lo que ya piensas? ¿Estás analizando, evaluando y preparando tu respuesta? ¿O estás realmente con la otra persona, atento a su experiencia, acogiéndola en lugar de juzgarla?
Probablemente te darás cuenta, como nos ocurre a la mayoría, de lo rápido que la mente vuelve a sus propios pensamientos. Darte cuenta de ello no es un fracaso. Es el comienzo de la práctica. Porque en el momento en que tomamos conciencia de cómo estamos escuchando, ganamos la posibilidad de elegir escuchar más profundamente, acallar nuestro propio ruido, tranquilizar nuestro propio cuerpo y ofrecer a otra persona el regalo, cada vez más escaso, de ser escuchada de verdad.
Es una de las cosas más generosas y que más unen que un ser humano puede hacer. Y, al igual que todos los pilares de la conexión, se puede aprender.
Esto forma parte del trabajo que realizamos en ReHuman Lab: ayudar a las personas a desarrollar esa presencia consciente y equilibrada que hace posible la escucha auténtica, para que sus seres queridos puedan sentirse, por fin, acogidos.

