Entrenamiento

Asesoriamento

orientación profesional

el método

Quienes somos

Blog

Contactos

Las decisiones que nos definen

Este es un artículo destacado de nuestra categoría «Entender nuestras decisiones» en ReHuman Lab, que abarca los arquetipos de «Estilo de vida y bienestar» y «Agotamiento». Si algo de lo aquí expuesto te ha llegado al corazón, sería un honor para nosotros ayudarte a recuperar tu capacidad de decisión y las condiciones que hacen posible una elección auténtica.

Sobre qué es realmente una elección, por qué nuestra capacidad de tomar decisiones es más frágil de lo que creemos y cómo recuperamos nuestra autonomía.

Solemos creer que somos los artífices de nuestras decisiones.

Que cuando decidimos algo —comer esto, decir aquello, quedarnos, marcharnos, reaccionar, retirarnos—, la decisión surge de un yo claro, racional y soberano que sopesa las opciones y elige libremente. Basándonos en esta premisa, nos hacemos responsables a nosotros mismos y a los demás. Elogiamos las buenas decisiones y condenamos las malas como si estas surgieran, ya completamente formadas, de una voluntad que era totalmente libre de elegir lo contrario.

Pero la verdad, tal y como revelan tanto la neurociencia como la experiencia vivida, es mucho más aleccionadora y mucho más interesante. Nuestras decisiones no las toma un yo imparcial y racional que flota por encima de nuestras circunstancias. Las toma un sistema biológico, integrado en un cuerpo, moldeado por una historia, que responde en cada instante a un entorno que intenta interpretar constantemente. Y ese sistema, por muy extraordinario que sea, puede verse afectado de formas que, silenciosamente, nos roban la capacidad de elegir bien.

Este es el ámbito que quiero explorar, porque constituye la esencia misma de la razón de ser de ReHuman Lab. Dar sentido a nuestras decisiones no es una cuestión secundaria. Es, en muchos sentidos, la esencia misma de nuestro trabajo.

Qué es, en realidad, una elección

Empecemos por analizar con sinceridad cómo se toma realmente una decisión, más allá de la cómoda ilusión del libre albedrío puro.

Cada decisión que tomamos se basa en nuestra percepción. Antes de decidir nada, debemos analizar primero nuestra situación: qué está pasando, si estamos a salvo, cuáles son las intenciones de las personas que nos rodean, qué exige este momento. Y este análisis no es principalmente cognitivo. Comienza en el cuerpo, en el ámbito de las emociones y las sensaciones.

He aquí algo esencial que rara vez valoramos: nuestras emociones no son interrupciones irracionales del pensamiento lúcido. Son respuestas fisiológicas a nuestro entorno, el sistema rápido y sofisticado del cuerpo para evaluar nuestras circunstancias. Una emoción es, en gran parte, la interpretación que hace el cuerpo de si estamos a salvo o en peligro, y de lo que exige la situación. El miedo indica una amenaza. El asco indica algo que hay que evitar. La calidez y la tranquilidad indican seguridad y pertenencia. Estas respuestas emocionales son la primera y más rápida interpretación que hace el cuerpo de nuestro entorno y de las personas que lo habitan, se generan mucho más rápido que el pensamiento consciente y constituyen la base sobre la que se construyen todas nuestras decisiones posteriores.

El neurocientífico Antonio Damasio lo demostró con especial claridad a través de su trabajo con pacientes que, debido a una lesión cerebral, habían perdido la capacidad de generar respuestas emocionales, aunque conservaban intacta su inteligencia racional. Cabría esperar que estas personas se convirtieran en tomadores de decisiones perfectamente lógicos, libres de la distorsión que suponen los sentimientos. Sin embargo, Damasio descubrió lo contrario: se volvían casi incapaces de tomar decisiones, incapaces de elegir incluso entre opciones triviales, paralizados por un análisis racional interminable sin ninguna señal emocional que les guiara. Su conclusión fue revolucionaria: la emoción no es enemiga de la buena toma de decisiones. Es su fundamento mismo. Fundamentalmente, decidimos a través de los sentimientos.

El cerebro, por tanto, funciona como una especie de procesador de datos. Recibe la información emocional y sensorial que le proporciona el cuerpo, la interpreta, la compara con experiencias pasadas, la analiza y, a continuación, toma decisiones basadas en la percepción que construye. Se trata de un sistema extraordinario, perfeccionado a lo largo de millones de años de evolución. Pero también es, y este es el punto crucial, un sistema frágil. Porque la calidad de nuestras decisiones depende por completo de la calidad de la información con la que trabaja el sistema y del estado del sistema que lleva a cabo el procesamiento.

Cómo se ve comprometido el sistema

Aquí es donde esto cobra una gran relevancia para nuestra forma de vida, ya que el sistema de toma de decisiones puede verse afectado de numerosas maneras, y la mayoría de nosotros convivimos con varias de ellas a la vez.

Pensemos en la mala alimentación. Tal y como analizamos en nuestro trabajo sobre el pilar de la nutrición, lo que comemos afecta directamente a nuestro cerebro y a nuestro estado de ánimo, a través de la conexión intestino-cerebro y de la bioquímica básica de un organismo bien nutrido o agotado. Un cerebro que funciona con combustible de mala calidad, o que está sometido a la volatilidad de los niveles de azúcar en sangre propia de una dieta deficiente, no procesa la información con la misma claridad ni regula las emociones tan bien. El procesador de datos se ve mermado, y las decisiones que toma lo reflejan.

Pensemos en la falta de sueño. Como ya hemos visto en el apartado dedicado al sueño, la privación del sueño afecta a la corteza prefrontal, precisamente la región responsable del juicio racional y el control de los impulsos, al tiempo que aumenta la reactividad de los sistemas cerebrales de detección de amenazas. Las investigaciones han demostrado que el cerebro privado de sueño percibe más amenazas, regula peor las emociones y toma decisiones más impulsivas y menos meditadas. La persona agotada está, literalmente, tomando decisiones con un instrumento deteriorado.

Pensemos en el estrés y la presión crónicos. Cuando vivimos bajo un estrés prolongado, el sistema nervioso entra en un estado de respuesta ante la amenaza y, en ese estado, nuestra propia percepción se reduce y se distorsiona. Nos volvemos más propensos a interpretar situaciones neutras como peligrosas, más reactivos y menos capaces de acceder al pensamiento reflexivo y flexible que requieren las buenas decisiones. El cerebro estresado se inclina hacia la amenaza y toma decisiones en consecuencia, a menudo defensivas, a corto plazo y desconectadas de nuestros valores más profundos.

Pensemos en las respuestas disfuncionales a las relaciones. Dado que gran parte de nuestra interpretación emocional gira en torno a las personas que nos rodean, nuestros patrones relacionales moldean profundamente nuestra percepción. Si nuestra historia ha enseñado a nuestro sistema nervioso a interpretar la cercanía como un peligro, o a ver a los demás a través del prisma distorsionado de viejas heridas, entonces la información emocional que obtenemos de nuestras relaciones está, en sí misma, sesgada, y las decisiones que tomamos basándonos en ella —retirarnos, atacar, ceder o huir— siguen esa distorsión.

Y consideremos, por último, el peligro de los mecanismos de defensa. Cuando el sistema se ve desbordado —por el estrés, por emociones no procesadas, por el dolor relacional—, a menudo recurrimos a comportamientos que prometen alivio: sustancias, compulsiones, evasiones… todo el repertorio de formas en que los seres humanos intentamos gestionar lo que nos parece inmanejable. Estos mecanismos de defensa son, en su origen, intentos inteligentes de regular un sistema desbordado. Pero pueden convertirse en trampas, en la propia prisión de nuestro ser, ya que crean sus propios compromisos con el sistema, sus propias distorsiones, sus propias consecuencias en cadena, hasta que nos encontramos tomando decisiones que sirven al mecanismo de defensa en lugar de a nosotros mismos.

Este es el frágil sistema por el que discurren todas nuestras decisiones. Y cuando lo comprendemos, algo queda claro: no podemos limitarnos a proponernos tomar mejores decisiones mientras el sistema que las genera esté deteriorado. El problema no suele ser la falta de fuerza de voluntad o de conocimientos. Es que intentamos elegir bien con un instrumento que se ha visto deteriorado por las propias condiciones de nuestras vidas.

Por qué el sentido común es la base de la elección

Esta es, pues, la idea que ha constituido el núcleo de este proyecto desde el principio.

Si nunca logramos comprender nuestras relaciones dinámicas —con nosotros mismos, con los demás y dentro de los sistemas sociales—, nuestra capacidad para tomar decisiones se ve gravemente comprometida. Y es que esas relaciones son precisamente lo que nuestro sistema emocional está interpretando constantemente, y si nunca hemos comprendido nuestros propios patrones, nuestra propia historia, nuestras propias formas de percibir y responder, entonces estamos tomando nuestras decisiones más importantes basándonos en datos distorsionados, generados por un sistema no analizado, sin siquiera ser conscientes de ello.

Actuamos y creemos que estamos eligiendo libremente, cuando en realidad, a menudo, no hacemos más que seguir viejos patrones, reaccionar según esquemas heredados y tomar decisiones dictadas por un sistema nervioso desregulado o una herida no analizada. Nuestro condicionamiento nos determina mucho más de lo que nosotros decidimos. Y por eso tanta gente se ve abocada a tomar las mismas decisiones dolorosas una y otra vez, a pesar de desear sinceramente lo contrario. No es debilidad. Es un sistema deteriorado, que funciona sin que lo hayamos analizado.

Para comprender nuestras decisiones, por tanto, primero debemos comprender el sistema que las determina. Debemos comprender nuestros patrones, regular nuestro sistema nervioso y cuidar los pilares fundamentales —la alimentación, el sueño, el estrés y las relaciones— que determinan la calidad de nuestra percepción. Debemos tomar conciencia de las dinámicas no analizadas que han estado impulsando silenciosamente nuestras decisiones. Solo entonces podremos empezar a elegir desde un lugar genuinamente libre, en lugar de hacerlo a partir de las reacciones automáticas de un instrumento comprometido.

Recuperar la autonomía sin un esfuerzo agotador

Esto nos lleva a lo que realmente ofrece ReHuman Lab y a una distinción que reviste una enorme importancia.

La mayoría de los enfoques para cambiar nuestras decisiones se basan en la fuerza: más fuerza de voluntad, más disciplina, más esfuerzo para superar nuestros patrones y obligarnos a elegir de otra manera. Y aunque la fuerza de voluntad tiene su lugar, cualquiera que haya intentado cambiar un patrón arraigado solo con fuerza sabe lo agotador y poco fiable que resulta. Nos esforzamos con todas nuestras fuerzas por tomar una decisión mejor y, luego, en cuanto se agotan nuestros recursos, el viejo patrón vuelve a imponerse. Intentamos superar un sistema defectuoso a base de puro esfuerzo, y el sistema gana, porque al final siempre acaba ganándolo.

ReHuman Lab funciona de otra manera. En lugar de intentar forzar mejores decisiones a partir de un sistema deteriorado, trabajamos para restaurar el propio sistema, integrando nuestras experiencias, regulando nuestros sistemas nerviosos, dando sentido a nuestros patrones y creando las condiciones a partir de las cuales las buenas decisiones surgen de forma más natural. Tal y como sostiene nuestro método, la transformación no se produce por la fuerza, sino a través de la conciencia, la integración y las relaciones. Cuando el sistema subyacente es más saludable, cuando hemos dado sentido a nuestras dinámicas, regulado nuestros sistemas nerviosos y cuidado nuestros cimientos, las mejores decisiones dejan de requerir un esfuerzo enorme. Empiezan a fluir de forma más natural desde un yo más claro, más regulado y más integrado.

Esto es lo que significa recuperar nuestra capacidad de actuar. No obligarnos con determinación a tomar decisiones que no podemos mantener, sino restablecer las condiciones internas que hacen posible una elección auténtica. Crear un espacio y un estado interior desde el que podamos tomar decisiones que realmente podamos respetar, decisiones alineadas con nuestros valores en lugar de dictadas por nuestras heridas, nuestro agotamiento o nuestros mecanismos de defensa. La autonomía, en este sentido, no es una cuestión de fuerza de voluntad. Es una cuestión de integración. Cuanto más íntegros y equilibrados nos volvemos, más genuinamente libres se vuelven nuestras elecciones, y menos esfuerzo nos cuesta cumplir con ellas.

Por qué es importante esta categoría

Por eso, la labor de dar sentido a nuestras decisiones abarca tanto el ámbito del estilo de vida y el bienestar como el del agotamiento. Porque ambos, en el fondo, tratan de lo mismo: las condiciones que determinan si podemos vivir y elegir desde un estado de salud y autonomía, o si nos vemos dominados por un sistema agotado, desregulado y abrumado que toma decisiones que no podemos mantener ni respetar.

Los pilares de la medicina del estilo de vida —nuestra alimentación, nuestro sueño, nuestro estrés, nuestra actividad física, nuestras relaciones y nuestra relación con las sustancias— no están separados de nuestra toma de decisiones. Son los cimientos mismos del sistema que determina nuestras elecciones. Y el agotamiento, que analizaremos en esta categoría, es en muchos sentidos el estado final de un sistema llevado a tal desequilibrio que la elección genuina se vuelve casi imposible, donde la supervivencia prevalece sobre todo lo demás y la capacidad de actuar se derrumba.

Dar sentido a nuestras elecciones significa comprender todo esto: que somos seres biológicos cuyas decisiones surgen de un sistema frágil e intrínseco a nuestro ser; que este sistema puede verse comprometido o recuperarse; y que la verdadera libertad no proviene de obligarnos a elegir mejor, sino de realizar el trabajo más profundo de integración que hace que las buenas elecciones surjan de forma natural.

Una reflexión para llevar siempre contigo

Piensa en una decisión que sigues tomando y que te gustaría poder tomar de otra manera. No para juzgarte a ti mismo, sino para analizarla con curiosidad.

¿En qué estado te encuentras normalmente cuando lo haces? ¿Agotado, estresado, reaccionando ante algo? ¿Qué te podría estar diciendo esa elección sobre el estado del sistema que lo genera, tu sueño, tu estrés, tus patrones no analizados, tus mecanismos de defensa?

Y piensa en esto: ¿y si el camino hacia una elección diferente no pasara por tener más fuerza de voluntad, sino por alcanzar una mayor plenitud? ¿No se trataría de no obligarte a decidir de otra manera, sino de cuidar el sistema, el cuerpo, los patrones y los cimientos, de los que podría surgir una elección diferente de forma más natural?

Esa es la tarea de dar sentido a nuestras elecciones. Y es una de las tareas más liberadoras que existen, porque nos devuelve algo que quizá nunca hayamos tenido del todo: una auténtica capacidad de decisión sobre las decisiones que dan forma a nuestras vidas.

Sería un honor para nosotros acompañarte en este camino.

Este es un artículo destacado de nuestra categoría «Entender nuestras decisiones» en ReHuman Lab, que abarca los arquetipos de «Estilo de vida y bienestar» y «Agotamiento». Si algo de lo aquí expuesto te ha llegado al corazón, sería un honor para nosotros ayudarte a recuperar tu autonomía y las condiciones que hacen posible una elección auténtica.

Índice