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Los tres pilares para mantener el contacto

Este artículo forma parte de nuestra serie «Entender las relaciones humanas» de ReHuman Lab. Si algo de lo aquí expuesto te ha resultado familiar, sería un honor para nosotros ayudarte a profundizar en estas capacidades, en cualquier relación que te importe.

Sobre el arte de mantener una relación cercana con otra persona a lo largo del tiempo, y las tres capacidades que lo hacen posible.

En el artículo anterior llegamos a la conclusión de que una definición que vale la pena tener en cuenta sobre lo que es una relación es la capacidad de mantener la conexión a lo largo del tiempo. Vimos que no se trata de una posesión, sino de una práctica; no es algo fijo, sino una capacidad viva que se ejerce o se descuida en cada momento.

Pero calificarla de habilidad plantea una cuestión obvia e importante. Si mejorar nuestra capacidad para mantener la conexión es algo en lo que podemos mejorar, ¿en qué, exactamente, estamos mejorando? ¿Cuáles son las habilidades reales, las capacidades subyacentes, que permiten a dos seres humanos mantenerse genuinamente unidos a lo largo de toda una vida compartida, a pesar de todos los cambios y dificultades que el tiempo trae inevitablemente consigo?

Esto es lo que quiero analizar aquí. Porque mantener la conexión es, sin duda, un arte y, como cualquier arte, se sustenta en una base de habilidades que se pueden aprender. Según mi experiencia, tanto la vivida como la adquirida a través del estudio, este arte se asienta sobre tres pilares. Cada uno de ellos es esencial. Juntos, forman la base de toda relación que perdura en el tiempo.

Vamos a verlos uno por uno.

El primer pilar: el lenguaje y la comunicación

Lo primero que necesitan dos personas para mantenerse unidas es la capacidad de entenderse de verdad a través de la comunicación. Esto parece obvio, casi demasiado sencillo como para mencionarlo. Pero la verdad es que la mayor parte de la desconexión en las relaciones humanas se produce precisamente aquí, en la brecha entre lo que una persona quiere decir y lo que la otra persona capta.

El lenguaje es el principal puente entre dos mundos interiores. Es la forma en que hacemos que nuestra vida interior sea comprensible para otra persona, y cómo llegamos a conocer la suya. Pero el lenguaje es también donde más a menudo nos fallamos unos a otros, porque tendemos a dar por sentado que la comunicación es sencilla, que si decimos lo que queremos decir, la otra persona lo entenderá tal y como pretendíamos. Cada acto de comunicación pasa por dos filtros: la capacidad del hablante para expresar lo que realmente está sucediendo en su interior, y la interpretación que hace el oyente de lo que oye a través del prisma de su propia historia, sus miedos y sus suposiciones. El espacio entre estos dos filtros es donde residen los malentendidos y donde, con tanta frecuencia, se pierde la conexión.

El primer pilar, pues, consiste en desarrollar una verdadera agilidad con el lenguaje. No se trata de la elocuencia, ni de la capacidad de ganar discusiones, sino de la capacidad de expresar con claridad nuestra experiencia interior y de generar comprensión en lugar de confusión. Este es el ámbito que enfoques como la Comunicación No Violenta abordan de forma tan contundente: la habilidad de hablar desde nuestra propia experiencia en lugar de lanzar acusaciones, de nombrar lo que sentimos y necesitamos en lugar de atacar o defendernos, de hacernos comprender de verdad por otra persona.

Y el lenguaje hace algo más profundo que transmitir información. Crea un sentido de pertenencia. La forma en que nos hablamos, las palabras que elegimos, el tono que utilizamos: todo ello o bien construye una sensación real de estar del mismo lado, o bien la erosiona silenciosamente. Cuando dos personas desarrollan un lenguaje compartido, una capacidad de comunicación que genera constantemente entendimiento en lugar de malentendidos, crean algo precioso: la experiencia de sentirse verdaderamente comprendidas a través de las palabras, de poder dar a conocer su mundo interior y, a cambio, acoger al otro. Este es el primer pilar para mantenerse conectados. Sin él, dos personas son islas que se gritan a través de una brecha cada vez más amplia.

El segundo pilar: la empatía corporal y la escucha activa

Pero la comunicación no consiste solo en hablar. Se trata, al menos en igual medida, de escuchar. Y aquí llegamos al segundo pilar, que va más allá de las palabras, hasta la esencia misma de la conexión.

La empatía es la capacidad de sentir junto a otra persona, de percibir genuinamente su experiencia interior desde dentro, en lugar de limitarse a observarla desde fuera. Tal y como han descrito los investigadores, existe en un espectro: desde el simple reconocimiento del dolor de alguien, pasando por preocuparse por él, hasta sentirlo junto a esa persona y llegar a sentir el impulso de querer aliviarlo. Las formas más profundas de empatía no son ejercicios cognitivos. Se experimentan con todo el cuerpo. Sentimos el estado de otra persona en nuestro propio cuerpo, a través de la extraordinaria maquinaria neuronal que permite a los seres humanos entrar en resonancia unos con otros.

Por eso hablo de «empatía encarnada» en lugar de solo de «empatía». Porque la sintonía genuina con otra persona no es algo que ocurra únicamente en la mente. Se produce a través del cuerpo, a través de lo que la neurociencia revela sobre cómo nuestros sistemas nerviosos se interpretan y responden entre sí de forma continua, más allá de la conciencia. La calidez de una voz, la suavidad de un rostro, la calidad de la presencia física, el contacto humano que transmite seguridad con más fuerza que cualquier palabra: estos son los canales a través de los cuales sentimos que otra persona nos comprende. Tal y como muestra la investigación sobre la corregulación, nos sintonizamos constantemente con los estados de los demás a través de estas señales corporales, y es a través de esta sintonía como se construye la sensación de seguridad que se percibe en una relación.

Y resulta que la seguridad lo es todo. Porque hay una verdad que la ciencia de las relaciones deja muy clara: la conexión genuina solo es posible en condiciones de seguridad. Cuando nuestro sistema nervioso percibe una amenaza, ya sea física o emocional, entramos en estados de protección, y en esos estados no podemos conectar de verdad. El trabajo de Stephen Porges sobre el sistema nervioso demuestra que, de forma inconsciente, estamos continuamente escaneando el entorno en busca de señales de seguridad o peligro en las personas que nos rodean. Solo cuando percibimos seguridad podemos abrirnos a una cercanía genuina. Por eso la empatía corporal y la seguridad que genera constituyen el segundo pilar: es la experiencia sentida de ser genuinamente acogido, comprendido y seguro en presencia de otra persona lo que nos permite bajar nuestras defensas y conectar de verdad.

La escucha activa es la práctica a través de la cual se ofrece esta sintonía. No se trata de fingir que escuchamos, ni de esperar nuestro turno para hablar, sino del acto genuino, presente y vivenciado de acoger a otra persona, de hacerle sentir que su experiencia realmente ha calado en nosotros. Cuando alguien se siente verdaderamente escuchado, algo se asienta en su interior. La confianza se profundiza. Aumenta la sensación de seguridad. Y desde esa seguridad, la conexión se hace posible. Escuchar bien, con todo nuestro ser, es uno de los actos más generosos y que más unen que un ser humano puede ofrecer a otro.

El tercer pilar: vulnerabilidad y flexibilidad

Los dos primeros pilares permiten que dos personas se acerquen y se comprendan mutuamente. Pero mantener la conexión a lo largo del tiempo requiere algo más, ya que el tiempo trae consigo, inevitablemente, rupturas, decepciones y cambios. Por eso, el tercer pilar es el que permite que una relación no solo se establezca, sino que perdure, se recupere y crezca.

Este pilar tiene dos facetas: la vulnerabilidad y la flexibilidad.

La vulnerabilidad es la disposición a dejarnos ver tal y como somos, incluyendo nuestra incertidumbre, nuestras necesidades, nuestras imperfecciones y nuestros errores. La investigación de Brené Brown ha demostrado, a lo largo de décadas de estudio, que la vulnerabilidad no es una debilidad, sino el punto de partida mismo de la conexión. No podemos estar genuinamente cerca de alguien mientras le ocultamos nuestro verdadero yo. La intimidad, como ya hemos visto anteriormente, requiere acceso a lo más profundo de nuestro ser, y conceder ese acceso es un acto intrínsecamente vulnerable. Mostrar a otra persona quiénes somos realmente, arriesgarnos a que nos conozcan en lugar de que simplemente nos admiren, es esa valiente apertura a través de la cual fluye la conexión profunda.

La vulnerabilidad es también lo que hace posible la reconciliación, y la reconciliación es la capacidad más importante para mantener la conexión a lo largo del tiempo. Porque dos personas, inevitablemente, se harán daño y se decepcionarán mutuamente. Esto no es un fracaso de la relación; es una característica inevitable de dos seres humanos distintos que comparten una vida. Lo que determina si una relación perdura no es la ausencia de estas rupturas, sino la presencia de la reconciliación: la voluntad de volver tras un conflicto, de reconocer nuestra parte de culpa, de tender la mano hacia la conexión en lugar de replegarnos en la autoprotección. Y la reconciliación requiere vulnerabilidad, el valor de decir: «Me equivoqué», «Estoy sufriendo», «Quiero encontrar el camino de vuelta hacia ti». Las relaciones que dominan la reconciliación pueden superar casi cualquier cosa. Las relaciones que no son capaces de reconciliarse acumulan poco a poco rupturas sin resolver hasta que la conexión queda sepultada bajo ellas.

La flexibilidad es la otra cara de este pilar, y refleja la realidad de que las personas y las relaciones cambian con el tiempo. La disposición a transigir, a adaptarse, a permitir que la relación se convierta en algo nuevo a medida que ambas personas crecen, es lo que permite que un vínculo se mantenga vivo a lo largo del extenso recorrido de una vida compartida. La rigidez, la insistencia en que la relación o la otra persona permanezcan exactamente como eran, va sofocando poco a poco la conexión. La flexibilidad, por el contrario, permite que una relación evolucione, y es precisamente esta capacidad de adaptación la que permite a dos personas no solo sobrevivir a sus diferencias y cambios, sino crecer a través de ellos. Las relaciones que perduran durante décadas no son aquellas que se han mantenido igual. Son aquellas lo suficientemente flexibles como para seguir transformándose.

Juntas, la vulnerabilidad y la flexibilidad constituyen el pilar de la resiliencia y el crecimiento. Son las que permiten que una relación supere las dificultades en lugar de dejarse vencer por ellas, y que salga de cada reto no debilitada, sino fortalecida.

Cómo funcionan los tres juntos

Estos tres pilares no son técnicas independientes que deban aplicarse por separado. Funcionan conjuntamente, de modo que cada uno de ellos respalda y potencia a los demás, formando una única base viva.

El lenguaje y la comunicación permiten que dos personas se entiendan mutuamente. La empatía corporal y la escucha activa les permiten aceptarse mutuamente y crear ese espacio de seguridad en el que surge una conexión auténtica. Y la vulnerabilidad y la flexibilidad les permiten recuperarse, adaptarse y crecer a través de los inevitables retos que trae consigo el paso del tiempo. Una relación sólida en estos tres aspectos puede mantenerse unida a lo largo del tiempo, casi sin importar las circunstancias. Una relación débil en cualquiera de ellos tendrá dificultades, por muy fuerte que sea el amor.

Y aquí está la verdad que da verdadera esperanza: las tres se pueden aprender. Ninguna de ellas es un rasgo fijo que se tenga o no se tenga. Son capacidades, habilidades, que se pueden desarrollar, profundizar y fortalecer en cualquier momento de la vida, en cualquier relación. Esta es la razón fundamental por la que el arte de mantener la conexión es, en realidad, un arte, algo que se puede practicar y dominar, en lugar de ser una cuestión de suerte o de destino.

Este es el trabajo que hacemos en ReHuman Lab. No se trata de proporcionar a las personas técnicas que deban aplicar de forma mecánica, sino de ayudarles a desarrollar estas capacidades fundamentales desde dentro hacia fuera: la comunicación que fomenta la comprensión y el sentido de pertenencia; la empatía y la escucha que surgen del cuerpo y que generan seguridad y confianza; y la vulnerabilidad y la flexibilidad que permiten que las relaciones se reparen, se adapten y prosperen. Porque uno no se cura solo. Uno se cura en relación con los demás. Y la calidad de tus relaciones descansa, en última instancia, en estos tres pilares.

Una reflexión para llevar siempre contigo

Piensa en una relación importante de tu vida y reflexiona con sinceridad sobre los tres pilares.

¿Cómo es la comunicación entre vosotros? ¿Tiende a fomentar el entendimiento o suele generar malentendidos? ¿Cómo es la calidad de la escucha y la sensación de seguridad? ¿Os sentís ambos realmente aceptados y seguros el uno con el otro? ¿Y cómo es vuestra capacidad para mostrar vulnerabilidad y recomponer la relación? ¿Sois capaces de que os vean tal y como sois, de volver a estar juntos tras una ruptura y de adaptaros a medida que ambos cambiáis?

Allí donde veas un pilar que te parezca sólido, ese es un cimiento que debes valorar. Allí donde veas uno que te parezca frágil, eso no es un defecto, sino una invitación, una oportunidad para desarrollar una capacidad que pueda transformar la conexión.

El arte de mantener el contacto es algo que se puede aprender. Y es una de las cosas más valiosas que cualquiera de nosotros aprenderá jamás.

Este artículo forma parte de nuestra serie «Entender las relaciones humanas» de ReHuman Lab. Si algo de lo aquí expuesto te ha llegado al corazón, sería un honor para nosotros ayudarte a profundizar en estas capacidades, en cualquier relación que sea importante para ti.

 

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